Porque comparto la indignación de mucha gente por el brutal genocidio
geopolítico que los militares occidentales (EE.UU, U.K, ONU, OTAN) están
realizando en Medio Oriente, presento un texto desolador sobre la
realidad en Irak. Nos compete a todos, pues el veneno radioactivo del
Uranio Empobrecido que los invasores imperialistas están arrojando en Irak, contamina de cáncer a todo el planeta.
El presente texto es por la memoria de los MILLONES de civiles iraquíes
y afganos (mujeres, niños, ancianos, jóvenes) injustamente asesinados
por el genocidio totalitario fascista-terrorista de los occidentales,
cuyo último atroz objetivo es la matanza en masa y despoblamiento a
nivel global para el saqueo y control de recursos naturales como el
petróleo y el opio, en el plan demencial de formar el global Cuarto
Reich.
“Aquellos que pueden hacerte creer cosas absurdas, son
también capaces de hacer que cometas atrocidades” (François-Marie Arout,
-Voltaire-)
Creo profundamente que el deber de todo analista
es, con lo mejor de sí mismo que pueda ofrecer, recoger, iluminar los
lugares a menudo oscuros, actuar como voz de todos aquellos cuya propia
voz, temores y penosas situaciones no pueden ser escuchados ni
conocidos. Cuando una intenta escribir sobre emociones, tiene en
ocasiones la sensación de tocar una especie de anatema y de que se
trata, en cualquier caso, de una redundancia. El objetivo es tratar de
llamar la atención sobre las injusticias, no lloriquear sobre los
efectos que puedan tener y, de todas formas, la vida privada debería ser
sólo eso. Si los políticos desean despojarse de su dignidad y aludir a
cualquier aspecto, desde su vida sexual a la utilización de sus
conflictos privados para conseguir un voto de simpatía, los seres con
una pizca de dignidad no desean en absoluto emularles. Aquí estoy
rompiendo uno de mis tabúes y tengo una razón para hacerlo así.
Durante las últimas semanas he investigado a fondo de nuevo las
atrocidades de la invasión de Iraq, desenterrando lo inconcebible,
amordazando mis emociones y leyendo sobre terror, tortura, monstruosas
perversidades, una palabra repugnante tras otra palabra repugnante. Fui
esvelando y sondeando la profundidad de las más oscuras depravaciones
sobre otros seres por parte de algúna “alimaña”. En efecto, el padre o
la madre de algún crío que es capaz de disparar contra los niños y los
bebés de otros, a sangre fría, de pasarles por encima con sus tanques,
de dejar que los perros callejeros se coman sus tristes restos.
No
entiendo como las mismas tropas estadounidenses siguen incinerado a
seres humanos, disparando, encarcelando, torturando. Tienen que haber
en el mundo alguien que pueda contemplar, identificar, enterrar con amor
y respeto, o, en el caso del personal sanitario, fotografiar
cuidadosamente y anotar la hora, el lugar del hallazgo, y después
numerarlos, envolverlos y conservarlos antes de enterrarlos, confiando
en que algún familiar reclame los restos carbonizados, mutilados o algo
peor, es un deber para todos aquellos que puedan tener algún tipo de
“voz” en los países responsables (EEUU y el Reino Unido) de este primer
genocidio del siglo XXI, atraer la atención sobre el mismo, en recuerdo y
en tributo de todas sus innumerables víctimas sin voz y sin nombre, con
la esperanza de que finalmente pueda enjuiciarse tanto horror.
Uno siente que la compasión lo inunda todo: los cuerpos y caras
quemadas imposibles de reconocer, los eviscerados, todos ellos con los
ojos mirándonos aún fijamente como en una desesperada y silenciosa
súplica de ayuda, mezclada con el desconcierto más absoluto. “Tenemos a
esos cabronazos bajo control”, escribió un marine en su pagina en
Internet. “Les iluminamos”, escribió otro, mientras muchos toman las
fotografías de todas esas almas perdidas.
Y, al igual que
viene ocurriendo desde 1991, esta es también una guerra contra los no
natos, contra los recién nacidos y los menores de cinco años. Después de
los cadáveres y los escombros, de tanta sangre, de tantos miembros
amputados, ahora vienen las deformidades. La vida apenas alentada,
nacida sin ojos, sin cerebro, con un ojo de cíclope, sin cabeza, con dos
cabezas, sin miembros, sin dedos o con demasiados. Una tierra bíblica
convertida en armagedón genético y ecológico para las generaciones
presentes y futuras hasta el final de los tiempos. “Misión cumplida”,
dijo George W. Bush, con su patético traje de pocos vuelos sobre el
portaviones USS Abraham Lincoln aquel 1 de mayo de 2003. “¡Que reine la
libertad!”, garabateó, después de las primeras “elecciones” corruptas,
asesinas y plagadas de cadáveres. Es decir: “¡Que empiece el
genocidio!”.
Mientras leía, escuché a la flor y nata de los
diversos órganos legales mundiales discutir sobre si habría que
“clasificar” como genocidio los hechos del Congo y Ruanda. En julio de
2004, cuando las tropas estadounidenses se entrenaban para perpetrar la
masacre de Faluya en el mes de noviembre, la Cámara de Representantes
estadounidenses aprobó una resolución unánime que llamaba “genocidio” a
la tragedia de Darfur. Incluso se le pidió a esa administración que
considerara la posibilidad de llevar a cabo una acción “multilateral o
incluso unilateral” para poner fin a aquel genocidio. Se postulaba que
mostrarse renuente a adoptar medidas preventivas para impedir más
pérdidas de vidas humanas sería algo “criminal”.
En nuestra
época, al parecer, los genocidios sólo los cometen los africanos o los
europeos orientales, no esos grandes bastiones de la democracia que son
EEUU y el Reino Unido y la única democracia en el Oriente Medio: el
aliado Israel. El ejército israelí entrenó a las tropas de EEUU durante
las dos semanas que duró el pogromo de Faluya en noviembre de 2004. “Si
algo se mueve, dispara”, era la orden del día. Como en el caso de las
dos guerras mundiales, como en la de Corea, como en la de Vietnam, la
cara de la liberación no cambia nunca.
“Sus tácticas implican
básicamente todo el potencial posible de fuego masivo. Acarreado en
tanques y helicópteros para lanzarlos contra los objetivos… demoliendo
edificios, colocando francotiradores en las azoteas, abriendo agujeros
en los muros y disparando contra todo lo que se movía”. Esto añadido a:
“… bombardeos aéreos y fuego de artillería desde enormes cañones de
campaña”. La trágica experiencia de Faluya “no fue completamente
comprendida en Occidente, salvo por algunos de los supervivientes del
Gueto de Varsovia… estaban atrapados como los conejos de un campo de
maíz que se ven rodeados, abatidos y desmembrados por la acción
combinada de varias cosechadoras”. Las fotografías dan testimonio de la
escalofriante descripción. Héroes no reconocidos fueron quienes
decidieron grabarlo para que en algún momento, en algún lugar, se
conocieran los crímenes y se impusiera el castigo legal. Esas terribles y
patéticas imágenes son la prueba silenciosa del primer genocidio
conocido de Occidente en el siglo XXI. Por desgracia, tenemos casi la
certeza de que Iraq y Afganistán, con el tiempo, aportarán pruebas de
más genocidios.
Durante los años del embargo, en el tiempo del
genocidio silencioso que duró casi trece años a partir del embargo de
Naciones Unidas impuesto por EEUU y Gran Bretaña, años en los que se
prohibió que entrara todo lo necesario para mantener los fundamentos de
la vida, con los niños muriendo por “causas relacionadas con el embargo”
a una media de seis mil al mes, nadie hablo sobre la confusión ante el
espanto de la situación.
Al mirar a través de las fotografías,
al leer sobre las casi incomprensibles profundidades de sádica
destrucción de seres humanos, los hombres y mujeres de uniforme siguen
sin sentir el más minimo respeto por nada, ni nadie.
El pueblo
de Iraq, con sus hogares y jardines, sus huertos frutales, sus
palmerales o sus vibrantes macetas en balcones o azoteas, todo
destruido; los palestinos, sufriendo la misma terrible situación durante
sesenta y dos interminables años ya; el pueblo de Afganistán, con sus
pueblos, sus aromáticos huertos y jardines de flores y albaricoqueros
arrasados, vive una pesadilla de la que no consiguen despertar.
Pensar en aquellos niños que ayer disfrutaron un bello jardín. De la
abundancia de flores, llenas de color, en numerosos tonos. Y en esos
soldados estadounidenses disparándole a las flores. ¿Por qué hay
soldados disparándole a las flores? Todos los niños que han vivido que
los estadounidenses sólo significan odio, temor y privaciones saben a
que me refiero.
Como Pakistán, Irán, Yemen, Somalia son ahora
los lugares bajo el ojo del huracán imperial, es sin duda necesario
fijar un precedente que sirva de advertencia a los dirigentes con malas
intenciones. El Dr. Gideon Polya, cuyos trabajos hacen hincapié en las
muertes excesivas que desde 1950 están provocando las invasiones, afirma
que en Afganistán: “La tasa anual de muerte es de un 7% para los
menores de cinco años, mientras que en la Polonia ocupada por los nazis
fue del 4% y del 5% entre los judíos franceses en la Francia ocupada”.
(Una comparación de lo que el genocidio Nazi y de EEUU provocan)
Estados Unidos y Gran Bretaña, cuyos dirigentes no dejan de bramar
sobre los peligros del más reciente de los “Hitler” en los países que
están planeando diezmar, han superado, y con creces, a los nazis.
El mundo debe reflexionar sobre estas cuestiones, todo país ajeno a
esta realidad que vive Irak que tenga voz y voto en la ONU y no se
levante contra estas horrendas y satanicas invasiones no seran más que
complices en mayor o menor grado.